jueves, 30 de marzo de 2017

Miniolimpiadas

Este año, como ha venido sucediendo cada año en el colegio de mis hijos, se ha celebrado una miniolimpiada.

La primera impresión y la clara intención del evento es la de promover el deporte entre los más jóvenes y compartir este mensaje entre profesores, alumnos y padres. Noble e importante tarea que según mi opinión personal -lo que va a quedar aquí escrito- no se consigue.

La actividad, como buena miniolimpiada, consiste en la competición entre alumnos de la misma edad y sexo de dos colegios diferentes, en pruebas de atletismo, salto de altura, de longitud y lanzamiento de jabalina. Todas, por supuesto, celebradas ante la atenta mirada de los padres y familiares que puedan asistir, y organizadas y coordinadas de manera impecable por los profesores.

Entre los alumnos participantes, de uno u otro colegio, se podría hablar, y así lo hacen los resultados clasificatorios de las pruebas, en cuatro tipo de alumnos: Una reducida élite (entre el 6 y el 10%) de niños claramente deportistas, el grueso de ellos de normal participación (60-70%), otros claramente desaventajados (entre el 20 y el 30%), y un pequeño número de chavales con discapacidades o lesiones que les dificultan o impiden ejecutar las pruebas.

Esta condición, la de pertenecer a uno u otro grupo, no habla del esfuerzo individual de cada alumno y su entrenamiento para las miniolimpiadas, si no más bien de unas características propias con claras influencias genéticas y por lo tanto innatas. Siendo esto así, los chavales pueden esforzarse más o menos, pero sus resultados, y por lo tanto los premios conseguidos, poco o nada tienen que ver con su implicación con estas pruebas, reservándose las medallas para quienes tienen afición por el deporte porque están hechos para él y se encuentran cómodos, dentro de su zona de confort.

Precisamente ellos, los que están dentro de su zona de confort y no deben esforzarse si no solamente en darle a su afición preferida delante de público, ser grabado, alabado por compañeros y profesores son finalmente premiados con las preciadas medallas para que quede bien grabado el mensaje que ya traían de casa, la de que son muy buenos en los deportes.

Sin embargo, ese otro gran porcentaje de niños a los que no se les dan bien las pruebas porque no tienen condición física para el deporte (recordemos que ninguno elegimos nuestra genética), los que se ponen muy nerviosos ante pruebas en público o no les gusta ser observados o grabados mientras las ejecutan, o los que tienen un alto sentimiento competitivo y necesitan ganar, sufren. Se ven obligados a salir claramente de su zona de confort en público, lo que constituye una humillación para cualquiera, más cuando no es una actividad voluntaria. Compiten en disciplinas que nada tienen que ver con sus actitudes ni aficiones, y que a pesar de esforzarse sistemáticamente en quedar lo mejor posible fracasan en público. Por supuesto no son premiados.

¿Cual es el mensaje que les llega, alto y claro, a este otro gran número de chavales? Que no son buenos en el deporte. La impronta de esta etiqueta queda bien grabada en sus mentes y en sus sentimientos.

¿Que consigue, en mi humilde opinión, este evento que con tanto esfuerzo y tino preparan los profesores y colegios? Reforzar etiquetas de deportista - no deportista en los niños, algo que no ayudará a que practiquen deporte, porque unos lo iban a hacer de todas maneras, y los otros, que pueden ser cerca del 30% de ellos, lo rechazarán más, impidiendo que descubran en muchas ocasiones que hay muchos tipos de deporte, y que quizá se les dan bien otros.

Se puede pensar que en cualquier caso constituye una experiencia positiva porque hace enfrentarse a los niños a sus problemas, algo que les va a venir bien para sus vidas. Una vez más no puedo estar más en desacuerdo. No debe aprender a superarse a uno mismo a base de sufrimiento o humillación (La letra con sangre entra), sino modulando con paciencia y tesón nuestras capacidades poco a poco, y bajo un ambiente positivo y agradable (La letra con paciencia, esfuerzo y felicidad entra).

Creo que las miniolimpiadas son una pequeña gran metáfora de cómo intentamos educar en nuestros colegios, midiendo a todos los niños por el mismo rasero, manteniendo la falsa e injusta máxima que deben ser todos iguales, que deben saber las mismas cosas y tener las mismas capacidades en las disciplinas que hemos dispuesto para ellos.

Y no, los niños no son todos iguales, tanto como no lo somos los adultos. Los colegios deberían regirse por esta máxima, potenciando en los niños no lo que se les da mal, sino lo que se les da bien. Buscando cual es su punto fuerte, y llevándolo lo más lejos posible. Evitando comparaciones y exaltando aquello que encaja con ellos.

Estaría genial que se optara por una jornada dedicada al deporte, pero sin competición alguna, en la que fueran los niños los que eligen qué deporte practicar, y en la que no hubiera ningún sufrimiento. Todos ellos saldrían reforzados y asociando su deporte preferido con un rato agradable en la que ver a padres y profesores relacionarse en torno a su esfuerzo.

Si no imaginamos un mundo mejor ¿Cómo va a mejorar?



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